«¡Me habéis roto la web!» (y otras frases de terror)»

Que ya no dan miedo.

Ayer a última hora surgió un problema. Una de esas actualizaciones traicioneras de PrestaShop decidió pelearse con algunos servidores alojados en España.

El resultado: una corrupción de archivos en el núcleo. El síntoma: la tienda funcionaba perfectamente para los compradores, pero el dueño no podía entrar al backoffice (el panel de control). La puerta de atrás estaba atascada.

Aquí es donde la historia se divide en dos.

Escena 1: El Cliente Nuevo Es un cliente al que le estamos configurando la plataforma ahora mismo. Me llamó alterado, nervioso. Su primera reacción fue disparar: “Me habéis roto la web. ¿Qué habéis tocado?”

Hace años, esa frase me habría hecho dudar. Pero hoy, en Vectoria, llevamos un control estricto de logs (registros de actividad). Sabemos quién entra, quién sale y qué tecla toca cada uno. La excusa de “yo no he tocado nada” ya no nos vale, ni a nosotros ni al cliente.

Le expliqué que nadie había tocado nada, que era un fallo de actualización externo. Se lo arreglamos en 5 minutos. Se calmó, pero el susto se lo llevó.

Escena 2: Los Veteranos Sabiendo el error, revisamos otras 3 tiendas de clientes antiguos que podían tener el mismo problema. Efectivamente, lo tenían. Entramos, aplicamos el parche y les enviamos un mail informativo: “Oye, ha pasado esto, ya está arreglado”.

Su respuesta: “Gracias por avisar. Justo esta madrugada intenté entrar y no pude, pero imaginé que estaríais en ello”.

Sin nervios. Sin acusaciones. Sin drama.

¿La diferencia entre el cliente de la Escena 1 y los de la Escena 2? No es la tecnología. Es la confianza.

El cliente nuevo todavía no sabe que, cuando hay un incendio, nosotros somos los bomberos, no los pirómanos. El cliente antiguo sabe que, si algo falla, probablemente ya lo estemos arreglando antes de que él se de cuenta.

La confianza es un camino de dos sentidos, pero para recorrerlo necesitas un vehículo fiable.

Si quieres dejar de sufrir cada vez que hay una actualización y prefieres tener un socio tecnológico que arregla las cosas antes de que te dé el infarto, hablemos.

¡Un abrazo!

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